«El ritmo no es medida, ni algo que está fuera de nosotros, sino que somos nosotros mismos los que nos vertemos en el ritmo y nos disparamos hacia “algo”».
—Octavio Paz
Podemos hablar del ritmo como algo completamente natural que nos acompaña en la cotidianidad. El ritmo de nuestros pasos, el latir del corazón, el ritmo de cada respiración y el de nuestras voces que buscan comunicarse.
Trabajando con jóvenes migrantes en círculos de tambores, me puse a pensar en el ritmo como un punto de encuentro con el otro. Con otro tambor, otra sonoridad, otra persona que sostiene la mirada y la sonrisa cuando se da cuenta de que me estoy adaptando a su tempo.
Y es que, con el ritmo, podemos comunicarnos incluso sin hablar el mismo idioma. Porque el ritmo también comunica, expresa, dice. Un dum dum da del djembe puede escucharse como una pregunta a la espera de una respuesta. Un badum badum badum de la darbuka responde y, de nuevo, queda a la espera de otra respuesta.
Entonces comienza a formarse una comunicación que va más allá de las palabras, más allá de lo que puede decirse. De pronto, pasa algo maravilloso: cada mano golpea el tambor con su singularidad, pero también participa de un ritmo que se crea en conjunto. Y ese ritmo compartido encuentra un sostén social, permite el reconocimiento del otro.
El otro tambor, el otro ritmo, la otra persona que me es extraña y, a la vez, familiar. Tan diferente y, sin embargo, algo de mí también puede reconocerse en ella.
Casi sin pensarlo, las manos comienzan a golpear los tambores: a veces con mucha fuerza, otras veces con vergüenza, alegría o rabia. Y en todo eso podemos encontrar y encontrarnos, incluso a través de un ritmo a destiempo que busca, de una u otra forma, adaptarse.
Entre ritmos también comienzan a nacer otros sonidos, cantos, bailes y mucha musicalidad. A través de ellos creamos historias, compartimos malestares y buscamos alegrías o representaciones de aquello que ya conocíamos.
Encontramos también nuevas maneras, nuevas culturas y, a veces, una que otra impaciencia. Nos encontramos con otras formas de ser y estar. Y, a través de tantos ritmos compartidos y tanta sonoridad, vamos descubriendo algo de nuestra propia identidad: no solo quiénes somos, sino también quiénes podemos ser en relación con otros.
Finalmente, nos permitimos, a veces incluso sin darnos cuenta, transformarnos a través del ritmo y de todo lo que este trae consigo.
Edenia López
Psicóloga Clínica ~ Musicoterapeuta
Resonamos
21 de Septiembre del 2026
